La verdadera obra de Dios no empieza en los escenarios, sino en lo oculto. Cada avivamiento genuino nace en el lugar secreto, donde los corazones se rinden, las lágrimas se derraman y el fuego del Espíritu Santo enciende la pasión por Cristo. Si anhelas ver el mover de Dios, comienza en tu intimidad con Él.