El canto gregoriano es el canto propio de la Iglesia, y es el canto que ha heredado la Iglesia de los antiguos padres. La Iglesia ha creado esta lengua musical litúrgica que tiene un acento espontáneo y un ritmo flexible y natural que responde tan maravillosamente a los sentimientos del alma que reza cantando o que canta rezando. Decía San Agustín, «El que canta bien, ora dos veces». El canto gregoriano jamás podrá entenderse sin el texto, el cual tiene prelación sobre la melodía y es el que le da sentido a ésta. Por lo tanto, al interpretarlo, los cantores deben haber entendido muy bien el sentido del texto. Sus comienzos son prácticamente desconocidos y hay que buscarlos en el arte hebraico y más tarde en el grecorromano. Sin embargo, si bien la Iglesia ha recibido de la antigüedad su sistema musical, en cambio ha compuesto ella misma las melodías litúrgicas. El canto gregoriano es de carácter monódico, es decir a una sola voz o a varias voces que cantan como una sola, y tiene libertad rítmica, por lo que el canto gregoriano parece la misma meditación del alma convertida en música. Cada una de las notas de una melodía gregoriana forma lo que se llama un tiempo simple, indivisible, una especie de átomo temporal. El ritmo pone en movimiento estos átomos. Consta siempre de dos fases mientras la voz pasa de una a otra nota: un punto de partida o arranque (arsis) y un punto de llegada y descanso (tesis). San Gregorio se interesó en la organización de los cantos litúrgicos para la diócesis de Roma y su trabajo quedó patentado en el denominado Antifonario o Libro de los Cánticos Litúrgicos Romanos. Más tarde, este modelo quedó como modelo para las demás diócesis de occidente. En esta nueva organización de canto litúrgico, San Gregorio añadió cuatro modos más, completando así los ocho modos hoy conocidos. De igual forma que San Ambrosio en su tiempo, distribuyó los cánticos en un calendario y festividades del Año Litúrgico. Además, estableció en Roma una escuela denominada Schola Cantorum para formar adecuadamente a los cantores del culto. Es importante indicar que en tiempos de Gregorio I no existía escritura musical por lo que la formación de esta escuela estuvo principalmente motivada en guardar un registro, de memoria, de estos cantos que se difundieran por vía oral. Debido al papel que desempeñó el papa Gregorio I (El Grande, 590 – 604) este repertorio recibe el nombre de Gregoriano, repertorio que fue difundido hacia el año 800 (s.IX d, C.) por Carlomagno como Rey del Sacro Imperio Romano, aunque cabe precisar que fueron muchos los nombres en una larga lista a través del tiempo, de los obispos y papas que intervinieron en esta tarea.