A los 25 años, Yulimar reclama para sí esa emoción en un estadio vacío y cálido porque en Tokio hace el calor de su tierra, y su humedad, y ni una brisa caritativa lo aligera, pero se siente en su calle, una niña, y se ríe. “Así es mi tierra”, dice. “Húmeda y calurosa”. En su primer salto, 15,41 metros, bate el récord olímpico como haciendo así, chascando los dedos, como un mago, tan fácil hace aparecer de la nada una carrera fluida y potente, pasos amplios, de más de 2,70 metros al final, y no pierde un ápice de velocidad cuando, apoyos seguros, al final del pasillo, ante la tabla, da un bote, un paso, un salto. Se eleva, vuela, alarga su cuerpo interminable, las largas piernas, su 1,92m grácil, elegante, y tan flexible, finísima como un junco de la ribera. 17 pasos y pum, pum, pum. Así juega una campeona en una final olímpica, que gana a la primera y tiene cinco para terminar el proceso, el método que dice ella también, como la escuela de música de su país y Gustavo Dudamel, y hace dos nulos de récord, y afina, y afina, e Iván Pedroso, desde las gradas, aconseja y aconseja, con sus gestos, con sus manos, con sus brazos, un director de orquesta con dos solistas surgidas de su conservatorio de Guadalajara.